Gracias, queridos amigos del “Correo de Salem”. Como lo recuerdan, mil y tantos de ustedes colmaron ayer las instalaciones del antiguo Senado para presenciar la condecoración que me otorgaba el Congreso de la República. Decenas de emails me piden ahora una copia de lo que dije. Como no lo escribí, aquí va algo de lo que se grabó ese día. Gracias, siempre, Eduardo.

Un día en Chepén, mi pueblo, cuando yo tenía 15 años, visité a una tía abuela llamada Mercedes que acababa de cumplir 99.

Al entrar en su casa descubrí que ella estaba rezando el rosario. Como no me había visto, tomé asiento cerca de ella para no interrumpir su devoción, y me dediqué a leer una revista. Sin embargo, había algo de extraño en el asunto: mi tía Mercedes recitaba solamente la primera parte del Ave María, y se quedaba un rato esperando como si estuviera en la iglesia o como si alguien a su lado recitara el “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

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