Eduardo González Viaña

El Correo de Salem

Mes: abril 2010

El amor por chat: para entrar en Estados Unidos

-¿Eres tú Eduardo? ¿Eduardo González Viaña?- me preguntó por teléfono la voz de una dama que podía ser del Perú o de Colombia. Le respondí que sí, que así lo suponía.

-Te habla Carmela.- me dijo ella, y agregó:

-Tú no me conoces en absoluto. Pero yo sí. Te he leído al llegar a Estados Unidos. En la biblioteca del pueblo donde vivo me prestaron tu obra “El corrido de Dante”. Me dijeron que una inmigrante tenía que leerla. Y era verdad. Pero yo quiero contarte algo más sobre el tema de la gente que entra en este país, la parte que corresponde a las mujeres…

Me preguntó si tenía tiempo para escucharla, pero no necesitaba hacerlo. La curiosidad- o el gusto por los chismes que tenemos los escritores- me obligaba a escucharla. Comenzó a hablar sin detenerse como si estuviera sola y temiera que alguien entrara a la casa.

A los veinte minutos, calló de pronto e inició un largo silencio. La imaginé abriendo la ventana y atisbando para ver si alguien se acercaba. Volvió al teléfono:

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Antenor Orrego, el hombre que se convirtió en una escuela

Hace un par de semanas, la Universidad Particular Antenor Orregode Trujillo me otorgó a mayor condecoración académica que ofrece, el Doctorado Honoris Causa. Quiero recordar algo de lo que entonces dijera.

González Viaña y el rector Guerra Cruz, Doctorado Honoris Causa por la UPAO

Recuerdo la historia de un filósofo que se había cansado de la sabiduría humana y se hallaba sumergido en un fondo triste de escepticismo y soledad.

Una tarde, paseando frente al mar, creyó escuchar una voz infantil que acaso venía del cielo o que tal vez lo llamaba  detrás de una ola. El niño le decía:

-Toma y lee. Toma y lee.

Se llamaba Agustín, (el futuro San Agustín) y él mismo nos ha contado que esa fue su primera revelación del conocimiento humano. Leyó unas páginas de la Biblia y sintió que la gran maravilla del conocimiento radica en que es siempre incompleto como la pequeñez de un hombre frente a la serena inmensidad del mar.

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Mi debut con la Sonora

Ochenta y seis años tiene la “Sonora Matancera,». Fundada en Matanzas, al sur de La Habana, la famosa orquesta tropical ha cambiado varias veces de sede pero nunca ha dejado de ser el corazón de ese espíritu al que se suele llamar “cultura latinoamericana”.

El “Negrito del Batey” , Leo Marini y Nelson Pinedo son algunas de sus voces fantasmas. A uno tras otro de sus más conocidos integrantes los devoró el olvido o la muerte, y a veces también la vida, y muchos empezaron a creer que la Sonora tenía sus días contados, pero súbitamente ocurre todo lo contrario.

La sorpresa es que un peruano es ahora quien tiene sobre sus hombros la responsabilidad tremenda de mover la batuta. Beto Villena, el “Rey de la Salsa”, recibió el encargo de parte del legendario Rogelio Martínez y hace ya rato que la siempre nueva y antigua “Sonora Matancera” ha vuelto a cabalgar los caminos polvorientos y mágicos de nuestra América.

En uno de esos caminos, Beto y yo nos encontramos y, como decía Marlon Brando en El Padrino, la “Sonora Matancera” me ha hecho “una propuesta que usted no podrá resistir”. Y, para qué les voy a mentir, no la he podido resistir.

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