El primero milagro del Escorpión ocurrió para mí ayer por la tarde. Atravesaba yo una alameda de árboles granates camino hacia la noche en Oregón donde vivo cuando se me ocurrió que la mejor forma de despedir el día y de inaugurar Escorpio era dejar en libertad a la casetera de mi carro para que escogiera por mí alguna pieza musical apropiada para el momento.

Nada más hacerlo y escuché una voz milagrosa que cantaba poemas de Mario Benedetti. Podía yo distinguir hasta el color de ese canto. Se me ocurrió que era escarlata como los sueños de esta época del año y como las hojas de los arces al extinguirse el otoño. Tuve que detener el carro y salirme de la carretera hasta una quebrada. Allí abrí la puerta y dejé que la música invadiera al mundo.
Era una voz que yo conocía. Era un acento que me resultaba familiar. Era el sollozo, la invocación, la proclama y el conjuro de una nativa de escorpión. Ella cumple años este 24 de octubre y a ella va dedicado este texto mío tan antiguo como nuestro signo. Se llama Tania Libertad.

Hace ya una semana que la Tierra navega por el reino purpúreo del Escorpión, y esto ha de traer sus consecuencias. Un color desconocido baja misteriosamente de la galaxia, se posa sobre nuestros rostros y nos hace más extraños de lo que habitualmente somos. Para todos los nacidos entre el 23 de octubre y el 22 de noviembre, es el vaticinio de un destino que supuestamente compartimos y que nos hace incansablemente similares.

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