Hace algunos años, una amiga mía que estaba decidida a aprender inglés cuanto antes, se matriculó en un curso superintensivo, tomó varias clases de “inmersión” en ese idioma, compró una colección de cassettes y, por fin, descubrió el método de la almohadilla subliminal. ¿Lo conocen ustedes?

Se trata de un pequeño cojín que contiene un invisible tocacassette. El estudiante debe colocarlo bajo su almohada al acostarse, y, gracias a él, se pasará la noche escuchando –sin advertirlo completamente– conversaciones en inglés. Los inventores aseguran que su uso repetido hará que usted adquiera una gran facilidad en la comprensión de la lengua hablada, e incluso en su pronunciación.

El método dio resultados admirables. A las pocas semanas, Angélica Castellano, Gladys Segovia- o se llamaba Henny?  hablaba con un acento difícil de distinguir del de una nativa, aunque su voz, al modular el idioma de Shakespeare, se tornaba nasal y emitía de rato en rato breves ronquidos. Aparte de ese pequeño defecto, tuve que felicitarla, puesto que incluso en castellano comenzaba a advertirse su destreza en el idioma de los forasteros.

El problema se presentó justamente a los tres meses de haber comenzado a usar la almohadilla. La noche en que los cumplía, un caballero desconocido tocó el timbre de su casa:

–¿Es usted la señorita Henny?? ¿Está usted tomando el curso subliminal de inglés mientras duerme?

Ante sus respuestas positivas, el desconocido, dueño de un inmensa sonrisa, le reveló su identidad:

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