La llaman “La loca del Rinconín”. Es la mujer más triste que he visto en mi vida. Está de pie en la playa de Gijón, Asturias, y mira el horizonte. Trata de ubicar allí los recuerdos de su hijo que se fuera de España hace ya tiempo en busca de mejores oportunidades o quizá tan sólo de algunas ilusiones.

Dos estatuas perpetúan en el mundo la historia de los migrantes durante el siglo XX. Una es la estatua de la libertad en Nueva York que, de acuerdo con el poema, ofrece amparo y sueños a quienes todo eso han perdido. En nuestros días, con una muralla en la frontera y con leyes racistas en diferentes estados, esas palabras parecieran estar siendo borradas.

La otra es ésta de Asturias. En el idioma de esa región española,  se llama  “lloca” (loca) a una escultura colocada en la bahía de Gijón en 1970 para simbolizar a las madres que esperan al hijo ausente.

La loca está y no está. Aunque su cuerpo de bronce sigue plantado en España, su alma y sus sueños vagan por tierras extranjeras. Acaso piensa en las dos monedas de oro- toda su fortuna- que cosió en el abrigo azul del viajero, y sabe que si aquél tiene dificultades acaso las solucionará con ellas.

Recuerdo a la loca porque estoy leyendo noticias de España. De acuerdo con ellas, la caída actual de la población es la mayor en cuarenta años.  Hacia la mitad del siglo, se empequeñecerá de manera abismal.

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