Al comenzar su gobierno (1939- 1945) Manuel Prado tuvo que vérselas con un terremoto que devastó Lima y Callao. Poco después, la Biblioteca Nacional sufrió un dantesco incendio.  En esta época y durante su segundo gobierno, las visitas del mandatario siempre fueron acompañadas por otras calamidades en ciudades importantes del país.

En 1960, la diplomacia holandesa en Lima hizo todo lo que estaba a su alcance para disuadirlo de visitar a la reina Juliana, pero no lo logró. Los agoreros culparon entonces al estadista peruano de una apendicitis que aquejó a Su Majestad inmediatamente después de cenar con nuestro presidente.

Por todo esto, Prado fue conocido en nuestro país y en el exterior como un presidente “salado”.

El uso de este calificativo para denotar a una persona que trae mala suerte proviene de la época de la Colonia y del bestial trabajo de la Inquisición. La primera de sus víctimas en ser entregada a la hoguera fue el comerciante francés Mateo Salado. Su delito fue habérsele encontrado una biblia entre sus pertenencias. En el español de otros países, salado significa solamente persona muy graciosa.

Este recuerdo viene a cuento de los epítetos que le lanzaron en el estadio al actual presidente Ollanta Humala y de los que se hizo eco el terrorista preso Alberto Fujimori.

Terrible epíteto es éste, y ojalá que no haga carne. Ninguna campaña de imagen podría rescatar en ese caso la ya declinante popularidad del presidente.

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