Eduardo González Viaña

El Correo de Salem

Mes: octubre 2013

La batalla de Felipe

Un poco antes de lanzarse a la lucha armada, Luis Felipe de la Puente Uceda, líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, convocó en la plaza San Martín de Lima a un mitin en el que llamaba a fundirse en una gran unidad popular a todos los hombres y partidos que aspiraran al cambio socialista en el Perú.

Era febrero de 1964 y fue escuchado por unas 50 mil personas. Todo era asombroso en esa reunión. Lo era, en primer lugar, la multitudinaria concurrencia que acogía a un líder llegado de Trujillo y sin una presencia partidaria en la capital del país. Se podían reconocer allí los cartelones de sectores apristas que añoraban la mística y la historia gloriosa de ese partido, y que sentían que De la Puente, expulsado de aquél, las encarnaba.

Causaba asombro la claridad del orador. Hablaba de hacer la revolución desde un tabladillo situado a unas seis cuadras de la Casa de Gobierno.

Era presidente Fernando Belaúnde Terry. En las elecciones, el arquitecto había prometido resolver en 90 días el problema de La Brea y Pariñas (la explotación ilegítima de nuestro petróleo por una empresa transnacional). Novecientos días más tarde, al inquilino de Palacio de Gobierno le incomodaba que le hicieran recordar esa promesa.

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Matar a César. Matar al Che

Si un cacaceno escribiera que Alice Munro ha ganado la medallita del Premio Nobel debido a su amistad con el rey de Suecia, algún periódico acogería su escrito porque todos tienen derecho a hacer el ridículo.

El error de la famosa escritora consistiría en responderle. La gente miraría con interés al cacaceno por lo menos una semana aunque Munro es universal y su improvisado detractor no hubiera escrito libros sino en el dialecto de su barrio.

En octubre se ha hecho algo similar con uno de los peruanos más distinguidos de la historia actual, César Lévano,  y con un personaje de dimensiones históricas, el Che Guevara.

Nada de esto es nuevo. Con los dos se ha ensayado muchas veces el asesinato moral, pero todo el tiempo sus detractores terminan con el rabo entre las piernas.

El año pasado, a Lévano, el doctor— no consigo recordar su nombre—, rector de la Universidad de San Marcos, lo despidió de su puesto en el centro cultural de esa casa de estudios alegando la edad del escritor, periodista y luchador social que algún día tendrá un monumento. ¿Quería el doctor— como se llama— aparecer entonces a su diestra?

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Melis, el amigo del Perú

Una tarde en que visitábamos los campos azules de la eterna Toscana, Antonio Melis me llevó a la Rotonda de Montesiepi para presenciar un milagro. Allí, bajo una breve capilla circular, se puede apreciar una espada hundida en la roca.

Nadie puede sacarla de allí. Se dice que Galgano, un caballero que volvía de las cruzadas, cansado de tanta guerra hizo el gesto simbólico de herir la roca, pero su espada se hundió y no volvió a salir de allí.

Tampoco salió Galgano. Abandonó la aventura guerrera y se quedó a vivir en ese monte. La leyenda asegura que entendía todos los secretos del universo y que curaba a la gente con tan sólo hablar con los cipreses.

Sobre Antonio, se me ocurrió que le había ocurrido algo semejante en los Andes del Perú. Tal vez se hizo amigo de una montaña y aquella lo llevó a peregrinar por un país cuyos secretos conoce hoy más que cualquiera.
Melis es un caso excepcional. Su obra, recogida en multitud de libros y revistas, muestra ante el mundo la imagen de un país, dueño de un destino y de un mensaje que se expresa sobre todo en tres de sus principales obsesiones: José Carlos Mariategui, José María Arguedas y César Vallejo.

Desde hace medio siglo, no se puede pensar en el Perú sin referirse a este italiano licenciado en la universidad de Padua y catedrático hasta este año en la de Siena.

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Risas en el parque

Sentado sobre una banca de un parque de Salem estaba intentando leer un poco cuando desde la puerta de una casa cercana vino hasta mí una incontenible explosión de risas femeninas. Pensé en alejarme de inmediato para no invadir la privacidad de quienes la causaban, pero mi curiosidad pudo más, y continué escuchando durante tal vez quince minutos una risa que solamente era interrumpida por breves comentarios en castellano. Se trataba como después comprobé de dos damas mexicanas, madre e hija; ésta última acaso tenía 20 años, la madre le doblaba la edad.

¿De qué se reían? Era difícil saberlo porque sus frases entrecortadas no me permitían adivinar lo que les producía tanta hilaridad. Muy pronto, mi curiosidad tuvo su castigo porque la risa de las dos mujeres se me fue acercando y acercando hasta comenzar a contagiarme como una cosquilla inaguantable que no pude resistir, y arranqué a reír también.
Pasaron 10, 15 minutos, acaso media hora, y yo que lloraba de risa me había tirado desde la banca a la grama y me revolcaba en ella sin dejar de reír. Quería pensar en sucesos tristes, pero no me venía ninguno al recuerdo y cuando por fin pude evocarlos me causaban más risa. Intenté taparme los oídos, pero las malvadas mujeres ensayaban risas cada vez más agudas o usaban unas voces que me causaban más risa.

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