Muchos tiempos después del nuestro, cuando acaso el río Magdalena corra de norte a sur y la arena cubra los monumentos levantados en su memoria, la gente va a pensar que Gabriel García Márquez fue un profeta o el personaje de una leyenda, o ambas cosas a la vez.

Se dirá que la fecha de su fallecimiento, un Jueves Santo, fue escogida por la imaginación colectiva porque esa es la semana en que-de acuerdo con los mitos-mueren los redentores o los creadores de nuevos lenguajes.

Se acordarán de que ese también fue el día en que supuestamente falleció César Vallejo.

Perduran los libros, y por ellos, la gente el futuro revivirá asombrada la alegría, la generosidad, la desesperación, la inocencia,  la perversidad, la violencia, la pasión y el heroísmo que son y fueron parte inquebrantable de la vida de los latinoamericanos.

Advertirán que los malvados y los héroes de uno y otro lado del continente eran los mismos y que sus vidas coincidían. Mientras que el norte del continente, los libertadores se convertían en montañas, en el sur nuestro, uno era descuartizado, los otros terminaban en la pobreza o en la cárcel, y todos eran calificados de terroristas, bandidos y enemigos de la patria

Gabriel García Márquez será, muchos años después del nuestro, el profeta que nos hizo conocernos mejor entre nosotros y saber que habíamos sido engendrados por padres y madres semejantes y por el mismo viento de la fatalidad que siempre ha dado vueltas en torno de nuestra tierra.

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