Quinientos millones de ciudadanos y 28 países fueron llamados a las urnas: nunca en la historia hubo elecciones políticas que involucraran a tanta gente ni a tantos países.
Nunca las hubo que fueran tan inútiles, redundantes y superfluas. No hubo ninguna que se pareciera tanto a una farsa.

Ninguno de los líderes tradicionales pudo ofrecer algo siquiera de lo que podrían desear sus desmoralizados votantes. Nadie pudo decirles que la interminable crisis se estuviera terminando. Entre las dos corrientes oficiales de partidos, desde la supuesta “izquierda” hasta la derecha dentro del sistema, “socialistas” y “populares” compitieron en los mítines en exhibir impúdicos su abrumadora pobreza argumental.

Me refiero a las recientes elecciones del Parlamento de la Unión Europea cuyo proceso he vivido durante abril y mayo mientras viajaba por varios de los países que esa federación comprende.

En vista de que las situaciones son similares, tomo uno de esos países, España, como muestra de lo que he visto. Seis de cada diez jóvenes españoles no tienen trabajo y muchos lo andan buscando desde hace una década. La mayoría cuida de la abuela, consigue algunos cachuelos o vive de la pensión de sus padres jubilados.

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