Si Ana Frank estuviera viva, habría cumplido 85 años el pasado jueves. Lamentablemente, murió cuando todavía no había cumplido los 15.

Cuando apenas tenía 13 años, tuvo que esconderse junto con sus familiares en las dependencias de un edificio comercial en Amsterdam. Además de los Frank, otras familias judías se refugiaron allí durante dos años para salvarse de ser capturadas por los nazis.

El padre de Ana, Otto, había recibido una citación para presentarse junto con los suyos ante la policía. Ello significaba entregarse para ser enviados después a un campo de concentración.

Al esconderse, no podían llevar consigo muchas pertenencias. Ana tenía un diario que le había sido obsequiado el día de su cumpleaños. En él, escribió a una amiga imaginaria los pormenores de su vida en el refugio.

El “querido diario o, más bien, querida Kitty” recibía cada día las confidencias de la niña sometida a las estrecheces del albergue y al imaginable terror de lo que sucedería si fueran descubiertos. El amor por la familia, las discusiones con otros niños e incluso el naciente cariño por, Peter, un jovencito de su edad, también escondido allí, formaban parte de las confidencias de la adolescente.

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