El pasado domingo me llamaron por teléfono desde Kansas City para anunciarme que mi amigo Jim Dolan estaba próximo a la muerte. Tal vez le quedaban 24 horas.

Por casualidad, Jim cumplía 90 ese mismo día. Cada año, hasta el pasado enero, Jim conducía 3 mil kilómetros para viajar desde Kansas hasta Salem, Oregón. Además, como soldado durante la segunda guerra mundial, había estado innumerables veces mucho más próximo que ahora de la muerte.

El lunes llamé al hospital para saber si ya había fallecido. Sin esperar respuesta, pasaron mi llamada a su habitación.

Me identifiqué ante la enfermera que lo cuidaba. Ella repitió mi nombre en voz alta, y el paciente ordenó que le pasara la llamada. Mi amigo estaba consciente. Había ordenado que le retiraran los sedantes para poder despedirse.

– Gracias, Eduardo. Bueno, ya era hora. Han venido muchas personas en estos días: mis hijos, mis nietos, sobrinos. Tengo una familia grande y amorosa. Lo curioso es que, sin ser vistos por ellos, había también algunos viejos sonrientes. Deben de ser mis hermanos, y mis compañeros, los que cayeron a mi lado en Iwo Jima y Okinawa. Me deben estar esperando allá arriba, y ya estoy listo.

En 1941, a pocas semanas de Pearl Harbor, los seis hermanos Dolan se presentaron voluntarios para ir a combatir contra las fuerzas de HItler. A dos de ellos no los aceptaron por razones de salud, pero Edward, Francis, Bob y Jim dijeron adiós a sus padres y cruzaron el océano.

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