Un día de junio de 1985, yo iba a morir.

Por lo menos, otras 90 personas volarían conmigo por los aires en una casa de Trujillo.

Fujimori y Hurtado

Estábamos en el jurado departamental de elecciones. Bajo la mesa en la que yo me encontraba, había sido colocado un explosivo. La razón de sus ejecutores era sencilla: de acuerdo con su punto de vista, las elecciones eran un juego fraudulento del Estado burgués.

 

Era yo entonces candidato al Senado de la República por la Izquierda Unida. En el departamento de La Libertad, los votos preferenciales me otorgaban una holgada mayoría sobre todos los otros candidatos al Senado de la misma agrupación. Mientras se contaban los votos, me sentía agradecido por la generosa preferencia de mis paisanos.

De pronto, mi pie derecho chocó contra un bulto bajo la mesa. Era un envoltorio sospechoso, una posible bomba. “Levántense, por favor”, dije, y sin pedirme explicaciones, todos lo hicieron. Al salir nosotros, la policía especializada ubicó y desactivó el artefacto explosivo.

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