Eduardo González Viaña

El Correo de Salem

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Paz en Colombia. Perversidad en el Perú

Un neonazi colombiano dice: “No estoy de acuerdo con el presidente Santos ni con el proceso de paz. Debemos mantenernos en la guerra hasta rendir a los guerrilleros de las FARC o exterminarlos”

Las frases pertenecen a uno de los neonazis presos en Dresden a donde viajaron para unirse a una marcha de ultraderechistas alemanes.

Lamentablemente, sus compañeros europeos los vieron muy morenos y los molieron a golpes. Después, la policía los arrestó por llevar banderas y otros símbolos correspondientes a la ideología de Adolfo Hitler.

“Nosotros también pertenecemos a la raza pura”-dice el neonazi entrevistado. Añade que “nuestros compañeros alemanes no se dan cuenta de que estamos un poco quemaditos debido a los problemas climáticos. Es increíble hasta qué punto ha llegado la influencia de Castro y Chávez en el gobierno alemán puesto que ya ni en la cuna del nazismo se puede usar banderas, parches u otros símbolos nazis.”

Las frases anteriores muestran el tipo de gente que se está manifestando contra el proceso de paz en Colombia. Como se sabe, el gobierno de ese país y la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) han llegado a un acuerdo para firmar la paz definitiva en un plazo no mayor a seis meses.

El acuerdo está dando final a un doloroso conflicto que duró varias décadas y desangró al hermano país. Se calcula en cientos de miles el número de muertos en una guerra que no tenía cuando terminar y que sólo la buena voluntad, la inteligencia política y la generosidad del presidente Santos y de su contraparte están llevando a su fin.

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Cuatrocientos años de amor – De la Puente y Don Quijote

Hace algunos años, una tarde en Barcelona, anduve por la colina de Montjuic y recordé que allá, en la playa que la circunda, se batieron Don Quijote de la Mancha y el Caballero de la Blanca Luna (1615). El libro de Cervantes nos informa que allí fue vencido aquel hombre bueno que encarnaba los principios más nobles, justos y libres de la entreverada condición humana.

Cincuenta años después de su última batalla acontecida en octubre de 1965, Luis Felipe de la Puente Uceda no tiene partida de defunción ni sepultura conocida. Tampoco existe un parte militar que dé cuenta oficial del hecho de armas. Y, por fin, no quedó uno solo entre sus compañeros –herido o prisionero- que pudiera narrar la verdadera historia de Mesa Pelada.

En vista de todo ello, sólo tienen dos caminos quienes reflexionen hoy sobre el tema. El primero es olvidar que hubo una última batalla, y asumir el raciocinio mítico según el cual los héroes no mueren jamás.

La otra forma de ver este asunto es inferir que la batalla del guerrero De la Puente no ha terminado todavía. Ello significa que, ahora, como ayer o peor aún, sigue vigente en el Perú una sociedad basada en la discriminación, con una economía cuya primera dimensión es el hambre.

Un poco antes de lanzarse a la lucha armada, el líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria convocó en la Plaza San Martín a un mitin en el que habría de explicar las razones de su decisión, al tiempo que llama-ba a fundirse en una gran unidad popular a todos los hombres y partidos que aspiraran al cambio socialista en el Perú.

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Cárcel de la prisión: el violinista y el censor

Lean, por favor, esta vieja carta que encontré en Oviedo. Conocí la asombrosa capital del Principado de Asturias, España, hace unos años y fui catedrático visitante allí en dos ocasiones.

Investigaciones en archivos y en memorias me permitieron ubicar algunas cartas escritas en la prisión por los prisioneros políticos del franquismo. La memoria histórica es lo único que puede salvarnos de, otra vez, la perversidad fascista.

Nótese que la misiva viene acompañada del comentario de un empleado carcelario encargado de la censura.

Cárcel de Oviedo, 14 de abril de 1944
Inolvidable María de la Paz:

Con ésta, ya te he escrito unas cuarenta cartas, y no sé si las has recibido. Es probable que estés fuera de España, o tal vez muerta, y eso sería lo mejor que te podría haber pasado.

El primer año de mi prisión te escribía cada mes. Algunas cartas las envié al correo central de Madrid. Otras las entregué a compañeros de celda que iban a ser liberados. Todos me ofrecieron buscarte. Ninguno volvió ni siquiera a visitarme. ¿Y sabes qué? No los culpo. Si alguna vez llego a salir de aquí, no vuelvo más.

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Raúl Wiemer, un hombre

No hay pensadores de derecha en el Perú. La derecha no existe intelectualmente. Ello es obvio porque el capitalismo salvaje sólo puede ser defendido con la bestialidad de la represión, con la pluma bajo salario o con el aullido bestia de la llamada “derecha bruta achorada.”.

Parafraseo a Orson Welles, según quien, durante la era del macartismo en Estados Unidos, solamente había izquierdas, y fueron ellas mismas- no Mac Carthy- las que se autodemolieron por falta de unidad. Es doloroso pensar que lo mismo puede pasar hoy en el Perú.

Raúl Wiemer es un modelo de lo que un pensador social debe hacer para vivir y morir aquí. En primer lugar, como él, hay que recordar que un hombre de fe no está aquí para “hacer política” sino para hacer la revolución.

Se “hace política” cuando se busca una curul o una chamba futura en cualquiera de los clubs de descerebrados que se reúnen en torno de un individuo y jamás de una idea porque no tienen ni idea de lo que eso significa. Se hace la revolución cuando se entrega la vida para combatir por un proyecto de felicidad colectivo. Vale decir, cuando se asume que el socialismo, en vez de ser un partido, es una ética, o sea una forma decente de vivir… y también de morir.

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Confusión conyugal

En el avión desde Los Ángeles, me ocurrió algo que me ha parecido idéntico a la situación política del país. Al tomar el lugar que me correspondía, di las buenas noches a mi compañera de asiento, pero ésta resultó ser una señora algo malgeniada o quizás muda que volvió la cabeza hacia la ventana.

Dormí de un tirón, desperté a las cinco de la mañana y me dirigí al baño del avión. Un caballero, sentado con su esposa, dos filas antes, hizo lo mismo.
Quizás él volvió primero y se equivocó. En la oscuridad de la nave, tomó asiento al lado de la señora muda. Por mi parte, me senté al lado de su esposa. No me di cuenta.

De repente, la señora que estaba a mi lado y que yo presumía era la muda, recuperó el habla y me dijo: “Eres un madrugador, amorcito.”

Sorprendido por su impertinencia, me puse un antifaz para dormir. No habían pasado cinco minutos cuando sentí que la mano de la señora muda acariciaba mi cabeza y me decía: “Peladito, dormilón…”

Me levanté del asiento indignado, pero de inmediato comencé a presenciar una escena en el lugar al que había ido el otro caballero, o sea el mío al lado de la muda. Aquélla gritaba: “Este hombre es un degenerado”

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