Por Jorge Díaz Herrera
Comentario a la presentacion de la novela para jóvenes y niños “El lucero de Amaya”

ICPNA- 24 8-2012 7.00P.M.

Este año la buena suerte me ha deparado gratos momentos como el que hoy me ofrece ante ustedes, compartir el alumbramiento de una nueva criatura de Eduardo González Viaña, mi querido amigo el escritor forastero a quien de vez en cuando veo navegar junto como un delfín tanto en los mares de este lado del mundo como del otro, y que siempre trae en sus cuentos y novelas ese mundo de nostalgias y alegrías que dan las idas y retornos, los lugares que se dejan para nuevamente volver a ellos y otra vez alejarse.
E.G.V es profesor universitario en Oregón, un lejano pueblo norteamericano, al que se fue hace más de veinte años y del que regresa para volverse a ir hace más de veinte años. Éramos muchachos cuando lo vimos partir y, para buena suerte todavía seguimos siéndolo, y siento que con mucha mayor juventud.
A veces, cuando viene el recuento de los recuerdos, y al ver que han partido tantos amigos al otro lado de la vida, tengo el ufano presentimiento de que somos inmortales. Que nuestras vidas, y sobre todo la de González Viaña, pertenecen a este mundo y a otros mundos destinados a no desaparecer. Sus cuentos y novelas están llenos de prodigios. De seres alados, de muertos que se peinan a la gomina para salir a cortejar a las muchachas, de toros que han perdido su hombría pero no su fortaleza, de hadas que ocupan funciones burocráticas y que ni siquiera el jefe más pretoriano advierte que son hadas, de sombras que se convierten en cuerpos y de cuerpos que se convierten en sombras, de iluminados que caminan sin pisar el suelo y suelen tener de vez en cuando resfríos de tanto darse cabezazos con las nubes.
Eduardo González Viaña es un escritor como Dios manda, porque ha cumplido con ese requisito imprescindible de todo gran escritor. Crear su propia mitología, su propio universo donde hasta los hijos y los nietos resultan ser en muchas ocasiones de mayor edad que los padres y los abuelos.
En fin, las obras de Eduardo González Viaña tienen un especial atributo: nos enseñan a volar.
Hoy aparece, este empecinado escritor que daba la impresión de crear mundos solo para los adultos, con una nueva novela: “El lucero de Amaya”, dedicada al mundo juvenil, mejor dicho a la infancia de todos, incluso de los que ya no son infantes. Ya antes escribió otras obras de semejante estirpe, como “Maestro Mateo”, “Quien no se llama Carlos” breves novelas por su extensión pero enormes por su contenido, novelas de serie en la que Eduardo González Viaña explora el mundo de los niños y los adolescentes. Aunque los personajes pertenecen a esas edades, los libros pueden ser leídos y disfrutados por todos. En síntesis: son ante todo obras de arte y no ñoñerías adefesieras.

En “Maestro Mateo”, un inmigrante regresa a casa luego de vagar muchos años por el mundo. Encuentra a su perro moribundo, y con él se enrumbará en el viaje de los recuerdos de una juventud que no se les va del corazón.

Hay sabiduría y elevada manera de tratar incluso temas tan considerados tabú por la pacatería, como el tema de la muerte. Cito: “El amor y el recuerdo tienen su gracia: nos hacen eternos”-le dice el abuelo difunto. “La muerte nos espera en todas partes, pero si somos cuidadosos, seremos nosotros quienes la esperemos”-le aconseja su padre. Por fin, el vigilante de un museo agotado por la nostalgia se mete
dentro de un cuadro que se parece a una ciudad de su patria.

Bella metáfora del forastero, del emigrante. En otras palabras bellas maneras de vestir la nostalgia de quien, como E.G.V vive la mayor parte de su vida en tierras ajenas. Bien podríamos decir de sus obras para niños e infantes que son biografías del emigrante convertido en inmigrante.
“Quien no se llama Carlos” es la historia de un niño inmigrante. Todo es distinto para él en el país donde ha llegado. Sin embargo, tanto su amistad con un gato como su poderosa imaginación le harán escribir una novela interplanetaria en la que solo son tripulantes su padre, él mismo, un gato y su madre recientemente fallecida. Tienen pues estas historias ese aire de alegre melancolía que, a la corta y a la larga, es el aire que más recuerdos nos deja, que más enseñanzas nos da para seguir viviendo y haciendo nuestras vidas.
“EL lucero de Amaya”, ilustrada por Natali Sejuro, y publicada por SM. empieza con un anunciador epígrafe que nos habla de lo que será esta novela. Cito: “Al que le pone nombre a las estrellas para que le reserve a una el nombre de Amaya”. Amaya, su nieta norteamericana y peruana, como toda buena nieta de Eduardo.
El argumento de esta novela de 141 páginas, contando las ilustraciones, es la preocupación de una niña ante el anuncio de una estrella que viene rumbo a la tierra para al estrellarse con ella ocasionar el fin del mundo, el nunca más de la vida. Sintetizo las grandes preocupaciones que encierra esta novela: “¿Qué pasaría si no es un meteorito? ¿Y si fuera una nave espacial? ¿Cómo son los extraterrestres? “Senador insiste en que es un problema de seguridad nacional”.
“El lucero de Amaya” tiene el sabor de los cuentos de los viejos y añorados abuelos, arrinconados hoy por la seducción de la modernidad, de la T.V. y la tecnología en sus múltiples cantos de sirenas, y si embargo posee asimismo el color y el sabor de esta modernidad que no nos permite ser ajenos lo que nos ha traído el tiempo.
La historia de Amaya trascurre en Nueva York, pero paradójicamente con todo el sabor de nuestra tierra, pues Maya es una niña hija de emigrantes, de emigrantes peruanos, peruano es el abuelo y peruanas son las historias que él cuenta a la nieta.
Maya, el abuelo y su perro Mateo permanecen sumidos en la gran preocupación de un astro o una inmensidad parecida a él que se precipita amenazador contra nuestro planeta. Citaré un fragmento para poner en evidencia tal preocupación: “El lugar en donde impactará llamearía mucho tiempo. Se presumía que la mitad de un continente se convertiría en un hoyo y que el humo circundaría el mundo por lo menos doscientos años. Es más, debido al impacto, el propio planeta podría cambiar de órbita e irse rodando como loco por los caminos del cielo”.
Hay pues en toda la obra un suspenso que se alivia por la presencia del bello Central Park, donde aves, peces, lagos y hermosa vegetación, crean un clima de encanto donde las buenas hadas, como la misteriosa vieja Mercy , que bien podría ser un fantasma bueno o una sombra que brinda a raudales su afecto y su amistad.
Una gracia o encanto más de esta novela es que lleva dentro de ella otros cuentos como Gulliver que había salido de su casa llevado por las mariposas.
Igualmente, Eduardo, el autor de “”El lucero de Amaya” expresa con delicado y alto humor, humor que
no ofende, su conocimiento del alma femenina: mira a una pareja de jóvenes enamorados y los describe así: “La chica movía los dedos de la mano derecha con mucha gracia. Parecía estar dibujando un palacio en medio del boque. El hombre no sabía cómo responderle. Estaba fascinado. O tal vez sencillamente ocurría que las mujeres, incluso las sordo mudas, hablan más que los hombres”.
“El lucero de Amaya” nos lleva también al extraño pero admirable y siempre enigmático mundo de los que cantan y los que vuelan en silencio, los pájaros, de los cuales la buena hada Mercy resulta ser la reina. La búsqueda de la Pale Lame el halcón de cola roja más famoso de Nueva York y su novia Lolita, Los halcones peregrinos, las estatuas vivientes que son ellas y a la vez otras personas.
Y como matizando el adulcorado mundo de las maravillas, las infaltables alarmas periodísticas, los anuncios fatídicos: “La humanidad que sobreviva se alojará en la cuevas. Otra vez la gente creerá en las hadas”.
Es bueno decir que las hadas de Eduardo no son esas apariciones de varita mágica que convierten todo como se les viene en gana. No. Así no es la cosa en “El lucero de Amaya”. Las hadas son mujeres u hombres modernos, que tienen nuestra mismas preocupaciones y se unen a los humanos para compartirlas. Usan teléfono y celular e internet. Pobres hadas sometidas a nuestra condición de perder incluso la juventud, la infancia, la niñez, el trabajo.
Además son hadas que han marchado del campo a la ciudad. Lo único que mantienen incólumes es su corazón. Cito: “-Todos los idiomas son los iidiomas de las hadas. El asunto es cómo pronunciarlos . Hay que pronunciarlos con el corazón…Te entenderá, aunque no habrás la boca”.
El lector halla en las páginas de “El lucero de Amaya” trazos de una poesía muy bella que adorna todo el continente de la novela. Un ejemplo: “Amaya interrumpió el silencio.
-¿Mueren las hadas?
-¿Morir? No, no mueren. Pero olvidan”.
…Luego Mercy explica que morir es lo mismo para el que olvida que para el olvidado
A la pasión del deporte que Eduardo da gran cabida en esta bella novela se suman deliciosas notas de buen humor: Cito:” -Abuelo, ¿cuando los viejitos desaparecen es que se han muerto?
-No siempre no siempre. Como si no lo hubiera escuchado la niña siguió preguntando:
-¿Y cuando la gente se muere solamente se vuelve invisible?
-¿Y cómo es morir .¿Cómo es morir de repente? ¿Cómo es morir cuando estás caminando, por ejemplo?
-Si mueres cuando estás caminando, a lo mejor no te das cuenta de que ya has muerto y sigues avanzando por la calle:”
Y a ello se suma una gran dosis de conocimiento o sentimiento del mundo infantil. Pues recordemos que estamos en el tema de la muerte a la que muchas mentalidades pacatas, cuando se trata de la infancia, se le corren. Cito: “ –Quiero decir: – Quizá el cuerpo se te va volviendo invisible….
-Tú estás caminando y la muerte viene por ti. Caminas levantando los brazos todo lo que puedas. Levantas los ojos y ya no ves tu mano derecha. Muves el otro brazo, pero todo él se ha borrado. Miras tus pies, y ya no dejas huellas….
La niña continuó:
-Te has comenzado a borrar. Tienes la sensación de estar caminando por el aire. Es un día soleado y tranquilo, pero te das cuenta que ya no dejas sombra…”
Me aproximo al final de esta presentación con unas frases de gran ingenio que a niños y padres nos deben causar alegría por lo sutiles y sabias que son. Cito:
“-Los perros saben, pero no saben que saben-replicó un señor que parecía un catedrático universitario.
-En realidad todos los seres de la naturaleza somos lo mismo. Tan solo somos formas del amor”.
Concluyo, pues, admirando y admirado de tanto bello ingenio, querido Eduardo, mejor diré de tanto bello genio. Saber llegar a los jóvenes como tú llegas con esta novela, que bien puede gustar a grandes y chicos, es pues un prodigio más de tu paso por este planeta al que ojalá nunca lo derrumbe un aerolito, y que más bien la visiten siempre las hadas buenas y tu propia bondad que convierte tus historias en semillas de una inmensa ternura. Tan necesaria en esta hora de tanta tormentosa modernidad, de tanto vacío espiritual. Gracias