El oso peruano de Londres

El peruano más conocido de Londres es un joven inmigrante de sombrero rojo que lleva un sánduche de mermelada de naranja en el bolsillo y una moneda de un sol cosida en el interior de su chaleco. Lo llaman el Oso Paddington.

En realidad, no solo lo llaman así. Es un oso de verdad que, según los cuentos infantiles, llegó aquí desde “el remoto y oscuro Perú.” En ese país, leen los niños ingleses, su anciana tía estaba a punto de entrar en un asilo y, para salvarlo del desamparo, lo embarcó para Inglaterra vestido con un elegante saco rayado de lanilla. Un pequeño letrero colgando de su cuello decía: “Por favor, cuiden a este oso. Muchas gracias.”

Una encantadora familia británica lo adoptó y le puso el apellido Paddington por la estación del tren en que lo encontraron.

Es una pena que los publicistas de Marca Perú no hayan tenido el talento de inventar un personaje tan dulce y metafórico como este. El “remoto y oscuro Perú” recuerda en Londres a quienes leen las noticias internacionales a un país lejano en el que buena parte del territorio ha sido concesionada a empresas extractivas sin tener en cuenta que los recursos mineros son agotables, y que la explotación no produce un número de empleos considerable en comparación con el envenenamiento de la atmósfera y la destrucción del ambiente que causa en regiones habitadas por la mayoría de los peruanos.

Los comentaristas de fuera se preguntan si todos esos sacrificios han sido considerados dentro de un plan de desarrollo de largo alcance y se muestran asustados ante la evidencia de que no es así, y que las pérdidas de vidas humanas aumentan y el gobierno endurece la represión de las poblaciones disidentes con medidas tan brutales como la impunidad para los elementos de las fuerzas armadas y policiales que ocasionen muertos y heridos con el mal empleo de sus armas.

Felizmente, la imagen de nuestro paisano, el buen Oso Paddington es la de un compañero de juegos tan niño como los niños que son sus amigos.

Este cándido rostro es tan simpático como los mangos peruanos de los mercados de Londres y los sabrosos espárragos que son al parecer el primer producto peruano de exportación a este país.

De otro lado, la quinua se ha impuesto aquí tanto como en el resto del mundo. Su precio sube constantemente y su presencia puede verificarse en el menú de los mejores restaurantes. Recuerdo que hace dos años cuando también vine a este país, la quinua solamente era ofrecida en los mercados de gente saludable, orgánica y “políticamente correcta.”

La palta, el camote, la chirimoya e incluso el kion peruano tienen gran acogida aquí.

Sin embargo, lo que más me ha asombrado en esta visita a la “pérfida Albión” es que junto al simpático osito y a nuestros recursos agrícolas, la poesía también puede ser uno de nuestros primeros productos de exportación.

Lo comprobé con nuestro Cesar Vallejo. En la presentación de mi novela biográfica “Cesar Vallejo’s Season in Hell” tan solo esperaba que llegara un grupo de especialistas, pero la asistencia fue masiva. Centenares de personas colmaron el teatro de la primera universidad de Londres en el lanzamiento de la obra.

Nada menos que Stephen M. Hart, uno de los más importantes latinoamericanistas de Europa, había liderado la traducción de mi libro y esa era una tarea en la cual habían participado bajo su batuta quince profesores angloparlantes de todo el mundo.

Lo voy a decir con la mayor sinceridad. No había esperado tanto ni siquiera en el Perú. Al otro día, mayor fue mi sorpresa cuando encontré a un grupo de estudiantes londinenses que leían “Masa” en inglés junto a la estatua de Mahatma Gandhi quien fuera alumno de la universidad. Eso ya era Vallejo para todo el mundo.

Si Vallejo en vida hubiera intentado regresar, la cárcel lo habría estado esperando. Un juicio penal fraguado indisimulado castigo por sus ideas políticas lo había condenado a caminar errante por el mundo. Por eso mi obra se llama “Vallejo en los infiernos”

Hoy por la mañana tomé el tren hacia París. Cuando el oficial de Inmigración selló mi pasaporte, se me ocurrió que pensaba: “Voy a decirle a mis niños que he conocido a un caballero del país de Oso Paddington.