Por Walter Alva

Durante los días en que descubrimos el Señor de Sipán, a medida que recuperábamos sus atuendos y emblemas, comenzamos a pasar de sorpresa en sorpresa. Quizás la mayor fue constatar que todo su contenido guardaba un lenguaje. Eran las claves simbólicas que regían a los hombres y a los dioses en el universo de los Mochicas.
Las coronas o tocados, pectorales, collares, narigueras, orejeras y cetros, así como los trajes rituales y los ceramios que acompañaban el real entierro, revelaban en conjunto la misma visión cósmica, basada en el dualismo y complementariedad que había presidido la vida y la lógica de ese pueblo.
Estos conceptos han sobrevivido a través de los siglos bajo las formas del chamanismo y curandería, recordándonos a la parafernalia y los rituales de Eduardo Calderón Palomino descritos en “Don Tuno, el señor de los cuerpos astrales” donde hoy se repiten aquellas claves que proclaman la continuidad de esa cultura. Son los que hace mil años y hoy mismo devolvieron y devuelven la felicidad a una persona atormentada y restituyen el orden en una comunidad que sufre. Esa continuidad significa que los mochicas están vivos. Ese pueblo y su líder ancestral, el Señor de Sipán han alcanzado la Eternidad.
“Por mi boca, mis padres antiguos hablan. Y por eso soy aquél que llaman el Tuno, y también mi abuelo soy. Y el abuelo de mi mujer. Y su tía, la que volaba.”.-proclama el personaje de este libro extraordinario, y con ello todo está dicho.
Eduardo González Viaña narra y describe con amor y grandeza literaria un mundo que conoce como norteño y descendiente de los Mochicas, un pueblo milenario y creativo que transmite su mensaje al presente. Como se pasa el fuego de una generación a otra, este hombre sabe entregar magia en un libro para quienes vengan mañana y después por todo el resto de los tiempos.
WALTER ALVA Director del Museo Tumbas Reales de Sipán