Eduardo González Viaña

El Correo de Salem

García Márquez, después de después

García Márquez, después de después

Muchos tiempos después del nuestro, cuando acaso el río Magdalena corra de norte a sur y la arena cubra los monumentos levantados en su memoria, la gente va a pensar que Gabriel García Márquez fue un profeta o el personaje de una leyenda, o ambas cosas a la vez.

Se dirá que la fecha de su fallecimiento, un Jueves Santo, fue escogida por la imaginación colectiva porque esa es la semana en que-de acuerdo con los mitos-mueren los redentores o los creadores de nuevos lenguajes.

Se acordarán de que ese también fue el día en que supuestamente falleció César Vallejo.

Perduran los libros, y por ellos, la gente el futuro revivirá asombrada la alegría, la generosidad, la desesperación, la inocencia,  la perversidad, la violencia, la pasión y el heroísmo que son y fueron parte inquebrantable de la vida de los latinoamericanos.

Advertirán que los malvados y los héroes de uno y otro lado del continente eran los mismos y que sus vidas coincidían. Mientras que el norte del continente, los libertadores se convertían en montañas, en el sur nuestro, uno era descuartizado, los otros terminaban en la pobreza o en la cárcel, y todos eran calificados de terroristas, bandidos y enemigos de la patria

Gabriel García Márquez será, muchos años después del nuestro, el profeta que nos hizo conocernos mejor entre nosotros y saber que habíamos sido engendrados por padres y madres semejantes y por el mismo viento de la fatalidad que siempre ha dado vueltas en torno de nuestra tierra.

Los grandes amores latinoamericanos durarán todo el tiempo como esa fantástica pareja de amantes que el escritor situó en un barco para que subieran y bajaran los rumbos del Magdalena por los siglos de los siglos.

Los lectores del futuro se darán cuenta de que los tiranos y los déspotas de uno y otro lado del continente eran idénticos en la rapacidad, el servilismo y el ridículo como en aquella escena en que el dictador pregunta: -¿Qué hora es? Y su subordinado responde:-La que usted ordene, mi general… y que todo, todo aquello era verdad como aquella escena en que la gente se despertó sin mar porque el gobierno lo había vendido… o sin río en otro tiempo porque se quería vender el oro.

“Cien años de soledad” continuará denunciando que la masacre de las bananeras no fue un sueño ni tan sólo una creación literaria.

Aquella ocurrió en Ciénaga, provincia de Magdalena, el 6 de diciembre de 1928, cuando un gran número de trabajadores del banano que estaban en huelga fueron acribillados por el Ejército Nacional. Lo que más resonó de la narración literaria de García Márquez fue la cifra de 3.408 muertos que uno de sus personajes arroja como balance final de la matanza.

Pero también ocurrió en México, en la Plaza de las Tres Culturas. Y también en el valle de Chicama, en el Perú. Y también en Chile, en Santa María de Iquique. Y otra vez en el Perú, al ser derrotado el pueblo de Trujillo por el ejército del dictador en 1932. Y muchas veces más en el Perú cuando el dictador aprovechó de una guerra interna para desencadenar un genocidio étnico.

Y todo el tiempo, el hecho real se transformó en un idiota debate histórico destinado a preguntarse cuántos eran los muertos. Aquello obvió la verdad de que en nuestras tierras la matanza es la manera en que los poderosos hacen sus negocios.

En su voz, todo aquello se transformó en una epopeya. Sus coetáneos aprendimos a ser latinoamericanos y a vivir orgullosos de nuestro profeta y de una tierra que ha parido a hombres como Sandino, Bolívar, Tupac Amaru, Bernardo O’Higgins, San Martín, Luis Carlos Prestes, el Che Guevara y Salvador Allende, entre muchos otros.

García Márquez debe estar ahora navegando el Magdalena. Sobre sus aguas, la  muerte canta noche y día su canción sin fin.

Previous

Mi primer canillita, un senador de la república

Next

Vallejo vuela por Italia

1 Comment

  1. Blanca Estela

    En el Magdalena, canta la eternidad …..

Leave a Reply

Powered by WordPress & Theme by Anders Norén