La librería clausurada

Se encuentra en Trujillo… a cuatro pasos de la plaza de armas. Es una de las más antiguas del Perú. Ha congregado a trujillanos de uno y otro siglo desde hace alrededor de cien años. A partir del primero de noviembre, se hacen inventarios y devoluciones para cerrar definitivamente la Librería Peruana.

¿Qué se pondrá en su reemplazo? ¿Un casino o una pollería?
No tenemos la respuesta. Sólo sabemos que es un monumento histórico. Al lado de ella se encuentra el “Bar Americano” en el cual el autor de “Los heraldos negros” invitó a sus amigos a celebrar la aprobación de su tesis y su graduación universitaria.

La casa de los libros fue frecuentada por Vallejo, Orrego, Haya de la Torre, Spelucín, Francisco Xandóval, todo el “Grupo Norte” y fue allí donde, décadas más tarde, nos conocimos los muchachos del “Grupo Trilce”.

Es la más vieja y abrigadora casa de libros de la ciudad. Se encuentra allí desde antes de 1920, y Carlos Guijón Miranda llegó a Trujillo en los años 30 para administrarla. Al casarse con Inés en 1942, ambos unieron sus destinos … y sus libros.

 

Inés Guerra de Gijón tiene tal vez 97 años, pero la edad no ha sido obstáculo para que fuera todos los días y, religiosamente, abriera su establecimiento, conversara con los clientes, recomendara las novedades e hiciera propaganda entre los niños de las ventajas y milagros que nos ofrece la lectura.

Hace cuatro días estuve Trujillo. Como es mi costumbre, pasé por la Librería Peruana para visitar a mi amiga. Sin embargo, no la encontré. En su lugar, había un grupo de lectores muy tristes que comentaban el próximo cierre de la librería. Según ellos, se trataba de una decisión familiar que había sido tomada sin el conocimiento de Inés.

Uno de los acongojados lectores había sido testigo de la llegada de la anciana dama. Cuando ella preguntó por qué había tan pocos libros en los anaqueles, uno de los ejecutores del cierre le dijo que estaban arreglando la librería para la próxima visita del Papa.

Pregunté a las señoras que laboran allí sobre las razones del cierre y el futuro de la Librería Peruana, pero ellas no tenían conocimiento alguno. Les pregunté incluso si ya habían recibido las compensaciones económicas por sus décadas de servicio, y ellas se miraron sin responderme.

Ante mi insistencia, me explicaron que eso sería decidido por el hijo de Inés, pero que todavía no habían recibido información alguna.

¿Debo añadir algo que ya he contado varias veces?… ¡Lo haré! Cuando yo tenía 21 años y acababa de publicar “Los peces muertos”, mi primer libro, lo fui a dejar en la “Librería Peruana” antes de partir a Lima para presentarlo. Allí, luego de leer comentarios extremadamente generosos sobre mi libro publicados en “El Comercio” y “La Prensa”, pensé que el éxito literario coincidiría con el de ventas… ¡Me equivocaba!…

-Parece que por ahora no necesitamos ejemplares, pero tengo una liquidación.- dijo doña Inés, y agregó:

-Se han vendido… se han vendido dos libros.

Ahora que han pasado los años creo que fue ella misma quien los compró y logró de esa forma que el joven escritor no se desmoralizara y continuara en esa locura de escribir que le ha de durar toda la vida. Y que sin embargo, temprano se dio cuenta de que como escritor no iba a ser un buen partido.

Tengo tres preguntas finales? ¿Las trabajadoras de la Librería Peruana recibirán beneficios sociales? ¿Se podría convertir el local en un anexo cultural de la municipalidad de Trujillo?…O, al final de todo eso, ¿la librería peruana se convertirá en una pollería?

Siguiendo el consejo de mi amiga, deseo continuar navegando en la escritura porque, un libro, el que se escribe y el que se lee, es como un viaje que se comienza con intrepidez, se continúa con asombro y se termina con nostalgia.