Las manos de Diana…

Hace 15 meses que Diana Ávila se apareció en mi vida, y si yo hubiera sabido que se trataba de un sueño, habría tratado de no despertarme.

El 17 de julio de 2016, tenía ella que hacerse visible en el aeropuerto de la Habana donde llegaría procedente de México. Mientras la esperaba, vi arribar decenas de médicos cubanos que regresaban de uno y otro lado del mundo tras de cumplir una misión en apoyo de las poblaciones desvalidas, y se me ocurrió que a lo mejor, Diana era una de esas encantadoras mujeres vestidas de blanco.

Habíamos quedado en encontrarnos allí, y yo no sabía si la iba a reconocer porque hasta entonces solamente habíamos sido amigos telefónicos que levantaban el auricular para escucharse cada noche en uno y otro lado del continente.

Sabía algo de Diana, pero su rostro tenía que inventarlo. La primera vez que leí acerca de ella fue en “Una biografía no autorizada del mundo” de Michael Riordon. (An Unauthorized Biography of the World: Oral History on the Front Lines).

En ese libro, Diana Ávila Paulette, socióloga y periodista peruana, era la única latinoamericana entre los diez importantes científicos y luchadores sociales que la Universidad de Columbia había escogido para que describieran cómo es nuestro planeta y cómo lo sufren los más pobres entre los pobres, las mujeres del campo.

Casi tres décadas fuera de Perú hacen explicable que no hubiera oído hablar antes de mi compatriota. Una especulación periodística me revelaría después que entre las ONGs más importantes del mundo se hallaba la Consejería de Proyectos para los refugiados latinoamericanos, una entidad internacional cuya directora durante 20 años había sido la peruana Diana Ávila. Algunos observadores creían que esa ONG podía tener muchas opciones para el premio Nobel de La Paz.

Leí más y me enteré que el ámbito de acción de aquella, con sede en Bogotá, se extendía por toda nuestra desventurada porción de América. En todos los países donde se hubieran sufrido guerras internas, allí estaba la gente de la Consejería.

De entonces para acá, he sabido que Diana no trabajaba frente a una computadora en Nueva York ni se hacía publicidad publicando estadísticas. Más bien, en uno y otro lugar del continente, estaba ella desafiando abismales carreteras y sanguinarios gobiernos represivos y caminando en busca de las familias desplazadas por en medio de los conflictos internos y los infiernos de nuestro lado del mundo.

Antes de conocerla, hice amistad con los miembros de una familia que había entrado en Estados Unidos en busca de los sueños de América.

Como ya lo he contado anteriormente, ellos me hablaron de Diana como de un personaje legendario quien –al salir ellos de su devastada Huancavelica- los había ayudado a instalarse en Lima y, con su ONG, les había proporcionado alimentos, educación y ayuda médica. Y lo mismo había hecho en Colombia, Venezuela, Ecuador, Bolivia, América del Centro.

Acabo de leer un capítulo sobre su vida y tarea en “La ilusión de un país distinto”, un libro en el que Luis Pásara entrevista a destacados representantes de la izquierda peruana. Diana confiesa en ese texto una encendida convicción socialista que sirve para explicar su generosidad y la valentía de su causa.
El 17 de julio de 2016 en el aeropuerto, la reconocí de inmediato. Descubrí su sonrisa y adiviné que era la misma muchacha a quien había visto en Facebook.

Una dolencia la tiene hoy postrada, pero –gracias al Messenger- acabo de conversar con ella. Como lo ha hecho en toda su vida, está luchando. Abrió los ojos y me sonrió, y eso me dio consuelo porque entendí que mi país no será tan desdichado si hay personas como ella que entregan al mundo su corazón generoso.

Pienso que conocerla ha sido un sueño y no quiero que me despierten. Y mientras ella da la pelea y su corazón resiste, sus ojos se abren y se cierran, las palabras se esconden en la noche y sus manos se van durmiendo dentro de las mías.