Cincuenta años después de haberlo publicado, estoy leyendo y recordando “Los peces muertos”, mi primer libro.

“Manos blancas, beatitas de cera, ovejas de papel: el cielo recién había sido edificado. Papá –sereno, sencillo, alegre– se sentaba en cualquier lugar de la mesa y desaparecía en una bocanada de humo. Ese instante nos hacíamos pequeños y esperábamos. Al rato, reaparecía lento, solemne, sobrenatural…”.

Cincuenta años después de haberlo publicado, estoy leyendo y recordando Los peces muertos, mi primer libro.

Con el párrafo inicial de esta nota comienza el primero de sus cuentos. Al final les contaré el desenlace; ahora quiero narrar alguna de mis aventuras como novel autor que, después, ha tenido consecuencias en el resto de mi obra.

Javier Sologuren tuvo la bondad de prologarlo. Sebastián Salazar Bondy diría, en su comentario crítico, que se anunciaba un formidable escritor y una promesa… que, por mi parte, trato con dificultad de cumplir. Estoy escribiendo desde las 5 de la mañana, y en abril me voy a Oviedo, Barcelona y también a Catania, Florencia y a presentar mis libros traducidos al italiano… pero no me olvido de que ya pasó medio siglo.

A la semana de editado, mi ingenuidad me hizo creer que los gratos comentarios aparecidos en los periódicos habían motivado un best-seller, pero no era así. Inés de Guijón, de la “Librería Peruana” de Trujillo, estaba encomendada por el destino de comunicarme una de las primeras decepciones de mi vida: “Lo siento. Solamente cinco personas (naturalmente, geniales) han venido a comprar tu libro”.

Aconsejado por mis amigos del grupo “Trilce”, o más bien envalentonado por algunas biografías de hombres célebres, decidí ser, además de escritor y editor, el primer vendedor de “los peces”.

Con varios ejemplares bajo el brazo, me encaminé al café “Demarco” de Trujillo. En una mesa del mismo, rodeado por un grupo de probables seguidores, hacía tertulia un caballero anciano, delgado, imperioso, con el aura de aquellos que alguna vez han ejercido el poder y no se acostumbran a su carencia.

Era don Octavio Alva, cacique político de Cajamarca durante más de medio siglo, diputado, senador, ministro de varios regímenes, hacendado todopoderoso y, por cierto, acérrimo conservador.

–Señores, como los lectores no se acercan a las librerías, un escritor está frente a ustedes para ofrecerles su primer libro…

Don Octavio, a quien yo no conocía personalmente hasta ese momento, interrumpió mi discurso para preguntarme quién era mi padre, descubrir de inmediato que era su primo hermano, un parentesco que yo ignoraba, y proclamar ante el grupo:

–Señores. Este joven es mi sobrino. En consecuencia, tiene que ser un gran escritor. Ustedes tienen que comprar el libro, y yo me convierto en su primer canillita.

Y el anciano político, en un gesto que no olvidaré jamás, recorrió mesa por mesa aquel café y el vecino ofreciendo Los peces muertos a boquiabiertos parroquianos que no pudieron hacer otra cosa que comprarlo.

Los peces muertos se agotó a mes y medio de tirado y, por eso, muchos de mis mejores amigos no lo han leído. Sin embargo, soy muy afortunado porque la mayoría de ellos declara, sueña o cree que sí lo ha leído. Volvamos al cuento del comienzo:

“Aquello debió durar mucho tiempo. Un día amanecí serio, ronco y con diecinueve años. No jugué por la mañana, hube de pasarme fumando toda la tarde. En la noche, todo volvió a repetirse: nos sentamos juntos, charlamos, ahora con ironías y juegos de palabras. Papá –sereno, sencillo, alegre– prendió un cigarrillo y se envolvió en albas nubes de humo. Nos quedamos pensativos esperando su retorno”.

Eduardo González León, mi padre, falleció poco tiempo antes de que yo publicara Los peces muertos. Por él nació este libro, y no deja de crecer este recuerdo.