Por  Max Silva Tuesta

¿Por qué es muy importante Vallejo en los infiernos? En pri-mer lugar, porque se ocupa del más ilustre de todos los nacidos en este país nuestro de cada día. En segundo lugar, porque se refiere a un bochornoso episodio de las letras peruanas como fue el en-carcelamiento, precisamente, de ese peruano ilustre. Y, en tercer lugar, porque el autor de este formidable libro es Eduardo Gonzá-lez Viaña. Si bien es cierto que todos aprendemos una Historia del Perú, según manda un curriculum oficial, no es menos cierto que cada región del Perú tiene lo suyo en tanto en cuanto escenario de sucesos tracendentes. Por distintas razones, estos sucesos no son considerados con el debido interés en esa historia oficial. En la zona comprendida entre Santiago de Chuco, Huamachuco y Tru-jillo, por ejemplo, se produjeron hechos dignos de ser estudiados detenidamente, ocurridos entre 1892, año en que nació César Va-llejo, y 1923, año en que él se fue del Perú. Hasta donde sabemos, Vallejo aún no ha regresado. ¿Por qué no ha regresado aún? Le-yendo Vallejo en los infiernos se termina de entender por qué tantos peruanos prefieren, como Vallejo, estar lejos de sus raíces no importa si, a cambio, sólo sufren el conocido “síndrome del expatriado”.
Sabio, sabido y sapo, González Viaña no ha podido elegir me-jor mirador que el de la cárcel de Trujillo. Desde allí hace que el lector mire cada detalle del contexto de una realidad absurda, por decir lo menos, como fue la que se dio entre el 6 de noviembre de 1920 y el 26 de febrero de 1921, lapso que duró ese encarcela-miento, es decir 112 días y las respectivas noches. En este caso, contabilizar las noches resulta más justo que contabilizar los días. Si el insomnio es de por sí una pesadilla, ¿no creen ustedes que una pesadilla que duró tantas noches no fue como para haber des-quiciado a cualquiera? Tratándose de Vallejo, sin embargo, ocu-rrió lo contrario. Salió de la cárcel más sabio, más sabido, más sapo. Si no me creen, lean Trilce y, si ya lo han leído, vuélvanlo a leer, pero esta vez léanlo bien, entonces me darán la razón. Cuenta la mitología que Anteo, hijo de la Tierra, cada vez que sufría una caída se levantaba más fortalecido que antes de la caí-da. Es que caía, justo, sobre la Tierra, su madre, la que le infun-día valor mientras Anteo permanecía, así de caído, en su regazo. En relación con lo nuestro, ¿acaso hay un poeta más terrenal que Vallejo? ¡Qué mayestático se muestra cuando, a través de uno de sus personajes, él no sugiere, verbigracia, que todo lo vivido de-beríamos considerarlo siempre “desde el punto de vista de esta tierra”, y desde este mismo punto de vista les sugiero leer Vallejo en los infiernos. Leyéndolo de este modo, uno se da cuenta de por qué González Viaña convirtió la cárcel de Trujillo en un panóp-tico.
Este término, –panóptico– tiene una sugerente etimología. Vie-ne de pan que quiere decir todo y de
una voz griega que quiere decir óptico; por lo dicho, panóptico es el lugar desde el cual todo se ve o desde donde nada se escapa a la vista. Ducho en materia de armar libros, González Viaña, reitero, eligió la cárcel como un excepcional mirador y, desde allí, brinda al lector la vi-sión del “Grupo Norte” y de cada uno de sus selectos integrantes, entre ellos, Antenor Orrego, autor de las ya famosas “Palabras prologales” de Trilce.
El grupo Trilce, heredero del grupo Norte
Como González Viaña perteneció al Grupo Trilce, heredero directo del “Grupo Norte”, por eso y por destacar entre los demás miembros del referido grupo, fue encomendado por Antenor Orrego para cumplir la misión de escribir este libro que ahora estamos presentando. En él también se da la visión de los ilícitos que cometieron por esos años los dueños de minas y haciendas del norte del Perú, vale decir, las tropelías en contra de sus trabajadores con la intención de rebajar su condición humana, como diría Vallejo, hasta menos de la mitad de un hombre y, así ya reducido hasta esa chatez, mostrarse incapaces de rebelarse contra cualquier ignominia.
Desde tal mirador, González Viaña brinda igualmente la visión de todo lo que para Vallejo fue lo más suyo, vale decir, sus padres y hermanos, sus amigos y amadas; entre ellas, la tantas veces celebrada Rita, según nuestro autor, Rita Uceda nada menos. En fin, da la visión de un país convulsionado por la eterna lucha entre explotados y explotadores, y metidos entre ellos, como cuña reivindicativa, cada uno de los miembros del “Grupo Norte”. En suma, leyendo a González Viaña es posible percatarse con meridiana claridad de las facultades personales que a nuestro sumo poeta le permitieron escribir una poesía quien sabe insuperable por los siglos de los siglos. Digo así porque, para haber podido escribir la poesía que escribió, Vallejo no sólo tiene que haber sido portador de millonadas de neuronas, sino tiene que haber tenido en el lado izquierdo del pecho, además del corazón ideológico, un corazón con la capacidad de amar con ese amor definido por Julio Cortázar como la más extrema sed antropológica y así, sucesivamente, un largo etcétera en esta materia sobre lo que se tiene que tener para llegar a superar a Va-llejo, si eso pudiera ser posible alguna vez.
Un libro esperado y formidable Ya es hora de hablar sobre la originalidad del libro de Eduardo González Viaña. Para eso, vale la pena precisar que, hasta la fe-cha, no ha sido escrita la biografía de Vallejo y me temo que nun-ca se la escriba. Juan Espejo Asturrizaga pretendió cumplir seme-jante tarea, pero, ya se sabe, sólo publicó el itinerario de Vallejo desde 1892 hasta 1923, lapso coincidente con el que cubre Vallejo en los infiernos. Juan Domingo Córdoba, por su parte, publicó César Vallejo del Perú profundo y sacrificado, texto que trata de lo que podría considerarse el itinerario europeo de Vallejo. Ahora bien, ambos autores fueron muy amigos del poeta y, por serlo, fueron muy proclives a una subjetividad que facilita una peligrosa contaminación emocional del clima con el que debería desarro-llarse cada capítulo de una biografía. En resumidas cuentas, ni aun la suma de lo que traen los libros de Espejo y de Córdoba podría asemejarse
a lo que tiene que ser una historia canónica de la vida y obra de don César Abraham Vallejo Mendoza.
Existe un atenuante para los vallejistas aludidos y es el si-guiente. En la vida de Vallejo, el mundo interior predominó larga-mente sobre el mundo exterior. Pellejo afuera, puede decirse que Vallejo ya fue biografiado, pero pellejo adentro Vallejo es imbio-grafiable. Sobre el particular, Charles Baudelaire quién sabe pre-guntaría: ¿es posible hacer una biografía del sol? Debido a la exi-güidad en cuestión, Luis Alva Castro ha hecho bien en decir que Vallejo en los infiernos era “un libro esperado”. Sí, pues, este libro nos habla incluso de la cotidianidad vallejiana. He ahí la originalidad de Vallejo en los infiernos, esto es, el hecho de con-vertir al lector en un testigo de la vida cotidiana de nuestro poeta.
Un solo ejemplo: el diálogo entre Vallejo y su hermano Miguel. ¿Sucedió eso? Pero si se trata de una novela, se dirá, pero yo les recuerdo que ya es casi un lugar común decir que la realidad supera en calidad ficcional a la misma ficción de las novelas, por una parte, les recuerdo también, por otra parte, que, frente a un hecho parecido como el que estamos tratando, don Miguel de Unamuno argumentó: ¿y quién podría contradecirme si un mo-lusco sabe o no sacar una raíz cuadrada? Por lo menos, de ese diálogo entre Vallejo y su hermano Miguel, resulta inolvidable lo que Miguel le dice a Vallejo: “Para ser poeta, hay que haber ca-minado por el infierno”.
Fíjense: esto no lo dice Dante Alighieri, sino alguien de la vida cotidiana de Vallejo, y de esas epifanías está lleno el libro de González Viaña. En algo más de medio millar de páginas, nuestro flamante amigo nos guía por todos los espacios vallejianos, nos presenta a todos los protagonistas de los sucesos que se dieron en esos espacios, y, sobre todo, se luce al testimoniar esa vida cotidiana que sólo es posible configurarla cuando se la conoce entrañablemente, como se ve que él la conoce y, por conocerla, va más allá de la mera geografía y de la simple historia de los pasos de Vallejo para llegar hasta la misma raíz de donde emergió el Vallejo profundo, el Vallejo esencial.
Al terminar de leer el último capítulo de este libro, uno tiene la impresión de que su autor pareciera haber sido miembro de la familia espiritual de Vallejo, familia no muy numerosa se entiende, pero que le defendió cuando fue preciso defenderlo y le aternuró cuando fue preciso aternurarlo, en especial, a la hora de las hondas caídas de los cristos del alma.
En conclusión, existe un interesante punto de vista para juzgar la vida, en general, y la vida de Vallejo, en particular. Ese punto de vista tiene que ver con el tema de las deudas y acreencias de cada quien en el sentido de cuánto le debe cada uno a los demás y los demás cuánto le deben a uno. En efecto, mientras estamos en este valle de lágrimas, uno es deudor y acreedor a la vez respecto de mucha gente, así como también, al revés, mucha gente es deudora y acreedora de uno. El Perú, por ejemplo, ¿cuánto le debe a César Vallejo o cuánto aún le adeuda? ¿Se han puesto a pensar ustedes a cuánto asciende nuestra deuda con el autor de La cena miserable? Aparte de haberle puesto en prisión, en el pasado. y aparte de embarrarle poniendo su nombre a un equipo de fútbol, en la actualidad, y aparte de
otros vejámenes por el estilo, ¿sabían ustedes que hasta la fecha no se ha publicado todavía una edición de la poesía de Vallejo limpia de erratas? Sin biografía a la vista y sin poesía impoluta tampoco a la vista, ¿no es como para aver-gonzarnos los peruanos por más que César Vallejo dejara escrito, premonitoriamente?: Hasta cuándo estaremos esperando lo que no se nos debe.
Por lo visto, esa deuda inmensa con César Vallejo, más inmen-sa seguramente que la deuda externa, al parecer impagable, ¿la amortizaremos alguna día ? No es sino por tal motivo que resulta perentorio agradecer a Eduardo González Viaña, agradecerle efu-sivamente porque con su libro, creo yo, se ha comenzado a pagar tal deuda, agradecerle y felicitarle, a la vez, porque su libro no sólo es un libro revelador sino un libro escrito con una prosa en-vidiable, envidiable por lo menos para quienes nos morimos de ganas de escribir con la corrección y elegancia con que Eduardo sabe escribir lo suyo.