Por Luis Bagué Quílez
Premio Hiperión de poesía. Universidad de Alicante

La aparición de un nuevo sello editorial siempre es síntoma de que «algo se mueve» dentro de un panorama literario que a menudo se deja conducir por inercias tan fáciles de detectar como difíciles de remediar. Si, además, la editorial no sólo nace con buenas intenciones, sino con una perspectiva estética bien definida, el síntoma puede transformarse en evidencia. La murciana Alfaqueque Ediciones surge con el deseo de conquistar la complicidad de los lectores gracias a su cuidado formato y a un catálogo que, a juzgar por su primer título, promete muchas y gratas sorpresas. La decisión de publicar «El Corrido de Dante», del peruano Eduardo González Viaña, no admite la presunción de inocencia. La novela, que viene avalada por el Premio Internacional Latino 2007 en Estados Unidos, es una emocionante epopeya colectiva que plantea múltiples lecturas. La obra narra el viaje que emprenden el inmigrante Dante Celestino y el burro Virgilio en busca de Emmita, la hija de Dante, fugada durante su fiesta de quinceañera con el motorista Johnny Cabada. Sin embargo, la aventura individual de Dante pronto se convierte en metáfora de la inmigración mexicana en Estados Unidos. Desde lo particular a lo universal, González Viaña despliega un mosaico narrativo en el que hay lugar para todos los géneros conocidos, e incluso para algún otro de cosecha propia. «El Corrido de Dante» se presenta como una novela de aprendizaje a la inversa, en la que se superponen varios discursos. De hecho, el viaje de Dante Celestino se estructura como un viaje real a través de la geografía norteamericana —desde Mount Angel (Oregon) hasta Las Vegas— y como un viaje interior a través de los recuerdos del personaje, desde su llegada a los Estados Unidos hasta el encuentro con su amada Beatriz. Y «El Corrido de Dante» también puede leerse como una sátira social sobre la inmigración. La fábula picaresca el burro Virgilio, la peripecia kafkiana de los «espaldas mojadas» en túneles subterráneos o la odisea funeraria de Beatriz, a medio camino entre el humor negro y la amarga tristeza, son ejemplos de la vocación de contar con la sonrisa del lector en aquellos asuntos demasiado dolorosos como para tomárselos en serio. Y «El Corrido de Dante» es sin duda un relato fantástico, en el que la presencia de la difunta Beatriz dota a todos los personajes de un difuso estatuto entre la vida y la muerte, como si los curiosos cadáveres de Comala se hubieran decidido a cruzar la frontera y relatar la historia de sus vidas. Y «El Corrido de Dante» podría interpretarse como una galería de tipos pintorescos que oscilan entre la caricatura esperpéntica y el retrato compasivo: tres
mariachis fantasmas, el milagroso profeta Moisés Facundo, el coyote Leonardo Ceja, la «madame» Augusta Robusta, el traficante Leonidas García o el compositor El Peregrino, entre otros invitados. Y «El Corrido de Dante» es, definitivamente, un corrido, donde la música se refleja mediante las voces del narrador entrometido, los personajes y las canciones de amor y desamor que atraviesan tiempos y espacios. Y «El Corrido de Dante» contiene, además, un homenaje a los clásicos de la literatura. En primer lugar, claro está, a la «Divina Comedia», pues este Dante es guiado a través de los círculos del infierno por los rebuznos del cartesiano Virgilio y por el eco celestial de Beatriz. Aunque al lector no se le escapa que Dante tiene también algo de Ulises y de un Don Quijote que, acompañado por su particular Sancho Panza, realiza dos salidas en busca de su hija y, acaso, de su identidad. Siendo todo ello, «El Corrido de Dante» cristaliza en un nuevo género contemporáneo: un híbrido entre la «Road Movie» y «El Donkey Book» o, siguiendo la tradición castellana, entre el «Libro de Caballerías» y el «Libro de Burrerías». Como recordaba el autor en unas declaraciones recientes, «El Corrido de Dante» no es, a pesar de su apariencia, una novela. Más bien se trata de un pueblo. Y, quizá, de toda una literatura.